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Publicado Viernes, Diciembre 11, 2009
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las palabras de la Virgen...
Viernes, 9 de diciembre de 1531...
Era sábado muy de madrugada, cuando Juan Diego venía en pos del culto divino y de sus mandatos a Tlatilolco. Al llegar junto al cerrito llamado Tepeyac, amanecía; y oyó cantar arriba del cerro; semejaba canto de varios pájaros; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepasaba al del coyoltótotl y del tzinizcan y de otros pájaros lindos que cantan.
Juan Diego se paró para ver y dijo para sí: “¿Por ventura soy digno de lo que oigo?, ¿Quizás sueño?, ¿Me levanto de dormir?, ¡Dónde estoy?, ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores?, ¿Acaso ya en el cielo?”
Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerro, de donde procedía el precioso canto celestial. Y luego cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrito y le decían: “Juanito, Juan Dieguito”.
Cuando llegó a la cumbre vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara. Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris. Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbas que allí se suelen dar, parecían de esmeraldas, su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.
Ella le dijo: “¿Juanito, el más pequeño de mis hijos, dónde vas?”. Él respondió: Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México, a Tlatilolco, para seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor”. Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad.
Le dijo: “Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive: del Creador cabe quien está todo: Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír ahí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores”. Asustado, Juan Diego le dio prisa a su paso y se alejó.
Sábado, 10 de diciembre,...
Ese día se vino derecho a la cumbre del cerrito, y acertó con la Señora del Cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde le vio la primera vez. “Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tu mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad”.
“Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”.
Domingo, 11de diciembre...
Era domingo muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco a instruirse de las cosas divinas y estar presente en la cuenta, para en seguida ver al Obispo Fran Juan de Zumárraga. Casi a las diez, se aprestó, después de que se oyó Misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío.
Más aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, el Obispo no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal.
Juan Diego se vino derecho y caminó la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente del Tepeyacac, se perdieron; y aunque buscaran por todas partes, en ninguna le vieron. Entre tanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor Obispo; la que oída por la Señora le dijo:
“Bien está hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al Obispo la señal que te ha pedido; con esto te creerá y acerca de esto ya no dudará ni sospechará de ti; y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; vete ahora, que mañana aquí te aguardo”.
Lunes, 12 de diciembre...
Cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió. Porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, había enfermado y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico que le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave. Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera y viniera a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle.
El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrito del Tepeyac, hacia el poniente por donde tenía costumbre de pasar, se dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que lleve la señal al prelado, según me previno; que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo de prisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando”.
Luego dio vuelta al cerro; subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo. Pensó que por donde dio la vuelta no podía verle la que está mirando bien a todas partes. La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: “¿a dónde vas?”.
Él se apenó un poco, o tuvo vergüenza, o se asustó. Se inclinó delante de ella y la saludó, diciendo: “Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido?, ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Señora y Niña mía, perdóname, tenme por ahora paciencia; no te engaño. Hija mía la mas pequeña, mañana vendré a toda prisa”.
Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la Virgen: “Oye, ten entendido hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad, ni angustia. ¿No estoy yo aquí?, ¿No soy tu Madre?, ¿No estás bajo mi sombra?, ¿No soy yo tu salud?, ¿No estás por ventura en mi regazo?, ¿Qué más has menester?.”
“No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella; está seguro de que sanó”. (Y entonces sanó su tío, según después se supo). La Virgen le ordenó: “Sube a la cumbre del cerrito; allí donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y tráelas a mi presencia”. Al punto subió Juan Diego, y cuando llegó a la cumbre, se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas exquisitas rosas de Castilla.
Antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo. Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes flores que fue a cortar; las que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de flores es la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla.”
“Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrito, que fueras a cortar flores, y todo lo que viste y admiraste, para que puedas inducir al prelado a que dé su ayuda, con el objeto de que se haga el templo que he pedido”.
Desde ese año la historia de las apariciones de la Virgen ha hecho crecer la fe en la Madre de Dios de millones de cristianos. Ante la imagen se han postrado presidentes y primeros ministros de diferentes países, los papas han enaltecido la fe guadalupana. Su Santidad León XIII dijo que la Madre de Dios “no ha hecho cosa igual con ninguna otra nación”, quedarse en una milagrosa imagen.
El Papa Juan Pablo II la nombró Patrona de América, por lo cual la imagen de la Virgen de Guadalupe es vista y venerada en la mayoría de los templos católicos de los Estados Unidos y de todos los países del Continente.
Las visitas a la Basílica de Guadalupe, al pie del cerro del Tepeyac, consisten en una constante romería anual de millones de fieles de todo el mundo.
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