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Publicado Viernes, Octubre 13, 2006
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Los congresistas –especialmente los republicanos- que se preocupaban por las represalias que pudiera traerles la aprobación de una reforma migratoria lamentan hoy las consecuencias por un caso que no tiene nada que ver con su trabajo legislativo, sino con sus graves fallas morales, como es el escándalo relacionado con la practica sexual con menores de edad en sus propias filas.
Lo descubierto en torno al congresista de Florida, Mark Foley descobija la hipocresía del liderazgo republicano de una forma vulgar y hace que al Congreso se le desconozca como una autoridad a la que se debe respetar por no atender asuntos tan delicados como el estatus migratorio de 12 millones de inmigrantes indocumentados que por su inacción, continúan en el limbo.
La nación espera todavía una ley que impida la separación de las familias de inmigrantes y del estatus legal a millones de trabajadores, mientras que uno de sus principales legisladores se la pasaba coqueteando con menores de edad, y sus jefes hacían como que no sabían nada, mientras que, al mismo tiempo, le daban largas a una legislación que, decían, “nos puede perjudicar”. Sus propias acciones comprueban que estaban en otras cosas vanas y mundanas mientras que aumenta la desesperada situación de los inmigrantes, que no son diferentes a los que forjaron las bases de esta gran Nación.
Hay hipocresía para más, prueba de ello es que Dennis Hastert, el líder de la mayoría de los congresistas, no se apresura a trabajar en la esperada ley de inmigración, un trabajo que, insiste, dejará para después de las elecciones del 7 de noviembre, cuando, se da como seguro, que una mayoría demócrata pueda tomar el control en las dos cámaras del capitolio; aún entonces y ante la podredumbre que se asoma en el Congreso, habrá que esperar, porque esperanza es lo único que nos queda.
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