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Publicado Viernes, Marzo 13, 2009
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NSN.- Tiempo para pagar una deuda de 400,000 dólares contraída hacía un año, era todo lo que pedían Alejandro Castro y su padre, Rogelio Castro, a Bank of America para salvar la compañía La Guadalupana Wholesale, fabricante de tamales, masa para tamales y otros productos; ante la negativa del banco, los Castro iniciaron una batalla legal que los ha llevado hasta Washington, D.C.
Después de diferentes entrevistas y negociaciones con oficiales del banco que, aparentemente, sí estaban dispuestos a negociar diferentes aspectos de la deuda, Alejandro Castro y su padre quedaron más tarde acorralados por un banco que, de buenas a primeras, empezó a cobrarse del dinero que ellos tenían en el banco y a cobrarles a los clientes que por orden del abogado de Bank of America, tenían que pagarle, al banco, no a la Guadalupana por la mercancía recibida.
A pesar de que se apresuraron a pagar parte de la deuda en tres grandes pagos, el banco continuó cobrándoles a los clientes. “Por qué hacen eso, si les estamos pagando, ahora cómo les pagamos nosotros, si el dinero ellos mismos lo obtienen de nuestros clientes”, les preguntaba una y otra vez y en forma enfática Alejandro Castro ante la poca compasión y comprensión mostrada por los altos oficiales del banco.
El préstamo adquirido en julio del 2007 fue hecho a través de La Salle Bank que meses después pasó en poder de Bank of America, cuyos oficiales, en el momento más agrio del careo legal, entrevistaron a Castro y a su padre en un edificio “de alta seguridad” del centro de Chicago donde hasta hombres armados había a la salida del salón de conferencias donde se llevó a cabo la junta; al mismo edificio habían ingresado padre e hijo después de que les pidieran todo tipo de identificaciones.
Las mejores reacciones, promesas y ofrecimientos que recibían del banco eran solo de palabra, de esta forma, las mismas podían ser negadas después por otros funcionarios bancarios ante los cuales, los Castro no tenían pruebas de un compromiso para normalizar su situación.
Alejandro, joven empresario, padre de familia, de 33 años de edad, está desde hace varios años al frente de la empresa fundada por sus abuelos en 1945. Hoy defiende el sello de la familia teniendo que llevar a corte al banco que cuestiona su capacidad y su integridad.
La explicación de Alejandro, con números y fechas que el mismo nos escribe en una pizarra del salón de conferencias de La Guadalupana, tiene como conclusión lo que le pide él al banco a través de sus abogados en palabras que nos puso en tres círculos: 1.- “Tiempo para pagar” 2.- “Dejen de comunicarse con nuestros clientes”. 3.- “Déjenos regresar a hacer el trabajo que hacemos”. Agrega constantemente: “cómo podemos trabajar, si no nos entra dinero para hacer la masa”.
Lamenta haber cancelado la cuenta de su compañía en Plaza Bank para cambiarla a La Salle Bank por el ofrecimiento de una “mejor” línea de crédito, la misma línea por la que se fueron al traste con esta maraña financiera y legal de la cual se dice completamente víctima. A pesar de que su abogado llama al banco y envía cartas pidiendo que no se comuniquen con los clientes de La Guadalupana, “siguen haciéndolo, y lo hicieron varias veces apenas en las últimas semanas” nos dice Castro en la oficina de la empresa ubicada en el 1335 W. 37th St.
La debacle con banco produjo –por ahora- la cancelación de los planes de la compañía mexicana de fabricar los “Taquitos La Lupita”, que podrían ser hechos en sus instalaciones donde hace la masa y los tamales; ya congelados los paquetes de tacos podrían ofrecerse a todos los supermercados del Medio Oeste, o al menos a los que ya están muy familiarizados con la masa La Guadalupana. Del intento con los paquetes de taquitos sólo quedan las nuevas, pero vacías cajas, muestra de un proyecto que algún día Alejandro piensa materializar. Según nos dice, los tacos pre-cocinados y congelados, representan hoy una industria nacional de un billón de dólares.
No obstante el agrio debate entre una de las compañías mexicanas más antiguas de Chicago y uno de los tres bancos más grandes de la nación, auxiliados con los billones del gobierno federal, el joven empresario dice que no le importa tanto su beneficio personal, con una carrera profesional bajo el brazo y con experiencia en los negocios, considera que, personalmente tiene poco, o nada, que perder si acaso no fuera a triunfar en la demanda contra Bank of America.
Alejandro Castro no es ajeno a la comunidad a la que sirve personalmente y a través de La Guadalupana Wholesale con la donación de becas donadas y por medio de la Cámara de Comercio de La Villita y otras instituciones como Catholic Charities.
Entre lo más álgido de la batalla contra el banco surge la renuncia, por motivos de trabajo, de Gonzalo Gradilla, presidente de la Cámara de Comercio, quedando Castro quien fungía como vice-presidente, como presidente, una posición difícil que en un momento pensó que no podría desempeñar; no obstante, dice que ha optado por lo contrario. “Sé lo que soy. No son los mejores tiempos los que definen el carácter de una persona, sino los tiempos malos, esa es la base. Mi esposa mi dice: ‘vas a tener que emplear más tiempo aquí que en la Cámara’ y le dije sí, pero ellos me necesitan”, refiriéndose a la Cámara.
Con orgullo cuenta cómo un abogado va a la oficina del 3610 W. 26 th St., ha ofrecer su trabajo como voluntario asesorarando a los comerciantes que necesiten ayuda legal, su esposa Sandra también acude al mismo tiempo para traducir a la persona que no hable inglés. Castro ve su puesto al frente de la Cámara como la oportunidad de ayudar a comerciantes que puedan estar en su misma situación y utilizar su experiencia del caso La Guadalupana Vs. Bank of America.
“De una forma u otra yo voy a sobrevivir, voy a poder traer la comida en la mesa. Sé de muchos negocios que han tenido que cerrar sus tiendas”. Lo que le importa es salvar la compañía, le preocupa su padre, y los más de 20 trabajadores que le quedan. Eran 40 hace todavía unos meses, de los mismo tuvo que despedir 15. “Hoy estoy trabajando más que nunca, seis, siete días por semana, aquí me la paso, aquí me traigo a mis hijos”.
Alejandro Rogelio Castro, nació en Chicago, está casado con Sandra, su segunda esposa. Es padre de cuatro niños: Rogelio Alejandro III, de 9; Roberto, de 7; Xavier Isaac, de 6 y Vicente Leandro, de 5.
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