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Publicado Viernes, Abril 1, 2005
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Reflexiones para cada día
Por Jaime Bedoya Martínez
jbedoya@nuevosiglonews.com
No hay nunca amor y ventura por grande que sea que le sobre a unos buenos padres, pero lo más inmenso y beneficioso de todos, es cuando un noble y generoso corazón sea capaz de perdonar las debilidades y errores de ellos, y cuando se disimulan sus defectos sin reproches y confrontaciones belicosas, ya que los padres lo han dado todo con altruismo, abnegación, virtudes... sin una queja ni ningún lamento.
Y ha afirmado el divino y sabio Platón: “No hay nada más venerable que un padre, una madre o un abuelo encorvado bajo el peso de los años. Todo hombre sensato ama y honra a sus padres; para los hombres de bien son un verdadero tesoro esos progenitores cargados de años, que alcanzan una extrema ancianidad.”
Un buen padre quiere por igual al hijo pródigo y al hijo bueno, con inmenso amor y sabiduría sin claudicar; porque ellos son su propia vida y su propio fruto, y porque también el corazón le ordena amarlos como a Dios y a las almas que le dieron su propia vida. Un padre debe ser un excelente ser humano y un educador por antonomasia, pero ante todo un hombre lleno de amor, de comprensión, tolerancia y desprendimiento.
Y deben procurar los padres dominar el grandioso pero difícil arte y entrega para educar bien a sus hijos, porque como lo advirtió tan sabiamente el maestro griego Pitágoras: “Padre débil y ciego para la falta de sus hijos, tiene que ser el árbol que da el mango del hacha que debe herirlo algún día.”
Y que grande y hermoso sería que ese lindo pensamiento de Ernest Legouve se siguiera cumpliendo: “El padre es un Dios sin ateos.” Pero hoy en día muchos, muchísimos hijos, critican, vejan e insultan a sus padres, los desprecian y los consideran unos corrientes y vulgares que no merecen que los hubiesen engendrados, ya que ellos se han convertido en unos arribistas y no tienen en consideración la enorme grandeza que es la humildad de un padre pobre o sencillo trabajador.
Y el gran Vicent Peale, afirmó sabiamente: “No hay nada más hermoso que, un padre llegue a convertirse en un amigo de sus hijos, cuando estos lleguen a perderle el temor pero no el respeto.” Y sólo los padres que con su ejemplo, corazón y cuidados les den una buena alma a sus hijos y los educan cristianamente, podrán disfrutar de sus descendientes, de hijos útiles a la familia, a la sociedad y a la patria, de sus conocimientos adquiridos y de la gran felicidad de ellos, sin olvidar lo que dijo Hesburch: “Amar a la madre de sus hijos es lo mejor que el padre puede hacer por ellos.”
No hay plegaria, no hay poema ni canción, ni pincel... que alcance a manifestar la grandeza, el amor, el dolor, los desvelos, los cuidados ni las constantes inquietudes de los padres. Y sólo Dios y los ángeles del cielo serían infalibles en esa apreciación.
Y el gran escritor y filósofo alemán Federico Schiller, escribió sabiamente: “El deber de los padres es preparar a los hijos para el camino, nunca preparar el camino a sus hijos.
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