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Publicado Viernes, Noviembre 20, 2009
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La excelsa filantropía no sólo es una virtud, sino que es la mayor y más elevada nobleza humana que se pueda realizar. El filántropo no sólo es un dios en la tierra que celebra con su corazón y la acción la homilía diaria, sino que se baña en bondad y en amor, en vez de los discursos demagógicos y las falsas disculpas de los ricos, en ese bello altar de los humildes y necesitados.
Un filántropo es una persona fuera de serie y un gran filósofo y sabio de la vida actuante, y un ser que está traspasando la barrera de lo humano para convertirse en divino. Pero el mundo del hombre es tan odioso, que ha sido capaz de cometer el magnicidio de asesinar un filántropo que podría ser él mismo a cada instante. Y muy pocos han experimentado esa gran dicha y sublimación humana de ser filántropos, porque la avaricia, la codicia, la indife-rencia y el egoísmo son los cánceres que no nos han permitido vivir como seres humanos y como grandes espíritus que hubiesen podido tomar el camino de Dios.
Cuando la humanidad alcance el estadio superior de la filantropía como colectividad y sistema de gobierno, el mundo y la tierra en sí volverán a ser un paraíso. Y la filantropía tampoco podrá ser margarita para bestias, ni virtud de los avaros ni misericordia de los egoístas, ni ejercer la gran virtud de la caridad ni mucho menos alcanzar la nobleza de grandes almas ni de altos espíritus.
La filantropía no sólo es la lluvia de oro, el rosicler y el maná repartido de los buenos, los justos y los sabios, sino que es el santo pan espi-ritual diario de las gentes bondadosas y buenas. Y si algún ser puede ser filántropo aparte del rico, aquella persona que haya despertado en su corazón ese gran amor por el prójimo y desa-rrollado su gran sensibilidad humana, social y divina; no sólo es el gran ángel sino que está bendecido permanentemente por Dios.
Y los filántropos serán los dioses de los desvalidos aquí en la Tierra y del mundo en general, porque mano bendecida... a otras puede bendecir también.
Y ha afirmado San Ambrosio: “Vuelve tu corazón hacia el prójimo y págale la deuda.” Y la caridad humana, vale decir, la filantropía, no sólo es el más elevado gesto de amor sobre la Tierra, sino la que mayores deleites, prosperidad, felicidad y tranquilidad advienen.
La filantropía no debe tener eco ni ruido fuera de las inmensas profundidades del alma, porque siempre será la más grande y mayor expresión de felicidad interior. Y el reino de la filantropía es el más maravilloso de todas las galaxias, con la ventaja que también se goza en los mundos superiores, ya que la filantropía es la única riqueza que se puede llevar a otras dimensiones y ahorrar eternamente y en abundancia.
Y la filantropía es virtud que consiste en ver, congratular y hacer siempre algo bueno. Y bienaventurados quienes tengan el privilegio de practicar la caridad, porque es uno de los mayores goces del alma humana, y una de las gracias más inmarcesibles que nos han concedido los dioses y por ello nos dan las riquezas.
La filantropía siempre nos acorta el camino y nos ilumina el interior y la senda. Sin filantropía no pasamos de ser unos infelices mi-sántropos que nos quedamos engolosinados en lo superficial y en el mundanal ruido y atrapados por la avaricia, la tacañería y ese gran egoísmo cicatero.
Y la fraternidad solidaria no sólo es el tesoro que se reparte, sino la riqueza que acrece en nuestros corazones hasta convertirse en pan diario del alma. Y la filantropía es una virtud triple, porque es obra de la bendición de Dios, del alma nuestra y de las manos del corazón. Y frota la lámpara de la gran caridad humana y todo se iluminará en tí y tendrás un radiante y sublime esplendor en el alma y el corazón.
Y esta gran riqueza espiritual que rubricamos con la caridad es como el rocío que viene del cielo y cae en el alma del filántropo. Y la filantropía es el cielo de este mundo, y por eso el que la ejercita es como un dios, y es el paraíso del mayor esplendor que recibe la bendición de los cielos. Y ha afirmado el gran Séneca: “Dichoso y bienaventurado es el que se aplica a conocer y a socorrer al verdadero pobre.
Y ha escrito líricamente el poeta M. Jacinto Verdaguer: “Flor que viertes en la tierra los perfumes del cielo. ¡Oh caridad, cadena de flores tejida por el amor!, tú hermanas en el mundo unos hombres, con otros, y a través de las nubes, enlazas en anillos de oro a los hombres con Dios.”
Y Confucio el gran filósofo chino, afirmó: “Amemos a los demás hombres como a nosotros mismos, estimemos sus penas y sus goces como estimamos los nuestros. Y cuando queramos para ellos lo mismo que nosotros tenemos, entonces seguiremos las leyes de la verdadera caridad.” La caridad es un gran privilegio que nos conceden los dioses y los hadaos.
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