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Publicado Viernes, Diciembre 11, 2009
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La virtud no solamente es la más alta elevación de una persona y un gran espíritu por excelencia, sino que es por antonomasia la verdadera grandeza de un hombre o una mujer. Y las más excelsas de todas las virtudes son el amor al prójimo, la justicia social, la bondad, la caridad, la compasión y el perdón. Y el gran Beethoven nos enseña sabiamente: “Recomiéndales a tus hijos la virtud; eso los puede hacer más felices que el oro.”
La virtud es la mayor de las noblezas humanas y es una de las grandes sinfonías del alma que sólo se toca con el arpa del amor, y se escucha con los oídos del corazón. Y las virtudes en general son las que más felicidad dimanan, nunca las riquezas materiales, puesto que son mejores las riquezas espirituales; y tanto es así que la mayor recompensa en la virtud misma.
Un príncipe, un rey, un gobernador, un procónsul o las más altas dignidades sin virtudes, son unos impostores; puesto que los más altos dignatarios deben ser virtuosos por excelencia, aparte de que el honor es propiamente la recompensa de la virtud. Y las virtudes deben ser prio-ridades tanto de los clérigos, como de los campesinos, de los artesanos, de los empleados y de los presidentes y hombres y mujeres de gobierno.
Y ha afirmado Blas Pascal, uno de los más grandes filósofos, físico y matemático francés de todos los tiempos: “Para medir la virtud de un hombre no hay que mirarlo en las grandes ocasiones, sino en la vida diaria.” Y en la práctica de las virtudes no sólo están armonizadas todas las excelsitudes y facultades del hombre, sino que concuerdan en un todo con las cualidades y excelencias del sabio.
No sólo la eternidad y la posteridad son los dos grandes premios de la virtud, sino que siempre llevará consigo la felicidad como lleva pegada la cola el gato, y la gran tranquilidad de conciencia. Y el divino Aristóteles, afirmaba: “Ningún provecho hay en este mundo tan grande que se iguale con la excelencia de la virtud.” Y la virtud no sólo es la música hermosa que toca el alma y el intermezo más loado que ejecuta el corazón, sino que la virtud es el mejor premio a sí misma.
Las virtudes como las costumbres no sólo cumplen mejor que las leyes y que hacen al hombre monarca de sí mismo, sino que de la felicidad que dimana, se pasa al templo de la gloria. Y en estos tiempos las más grandes virtudes son la libe-ralidad, el desprendimiento en si, y la justicia social y l filantropía... o como afirmara el gran prelado y filósofo Fenelón (Francois de Salignae de la Mothe): “No podemos ver la virtud sin amarla, ni amarla sin ser felices.”
Y no olvidemos que el hombre virtuoso cumple con todas las leyes sin siquiera conocerlas, al cumplir consigo mismo. Y como afirmara Marco Tulio Cicerón: “Obra muy mal quien trata obtener con el dinero lo que debe obtener con la virtud.” Y es de gran virtud _dijo Santa Teresa_ tener a todos por mejores que nosotros.
Y tengamos en cuenta que quien siembra virtud hace su vida más fácil y mejor y endulza el camino, porque la virtud es la perfección de la naturaleza humana. Pero tengamos en cuenta que nada hay más peligroso que la riqueza, el talento y la grandeza sin virtud, ya que antes desperdician estas cualidades y las vituperan puesto que no son usadas correctamente. Y el escritor español Lope de Vega nos ha enseñado: “La virtud es tan hermosa que aún en la misma aspereza de sus principios, traduce la dulzura de sus fines deleitosos.”
Los verdaderos padres de la virtud son las Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Y ha afirmado el escritor Mariano José de Larra, que se hizo famoso con los seudónimos El Pobrecito Labrador y Fígaro: “Para ser sabio el hombre necesita aprender todos los libros; para ser virtuoso, le basta con uno, el Evangelio.”
La virtud ante todo es el mayor alimento del alma y por ende de la vida. Y la virtud no sólo es la mayor lección que vamos dando en el camino recorrido, sino el mejor ejemplo que a la vez educa e inspira. Y ha afirmado el gran novelista inglés, gran maestro del género Carlos Dickens: “Estoy convencido que la virtud se ve bien en ropa humilde como en la pomposa y fina.” Y un hombre sin virtudes no es solamente aquel gran magnicida que ha matado lo mejor de la Tierra que es el Hombre, desvirtuando su camino, sino que ha llegado hasta él mismo logrando a apenas ser una miseria y escoria humana en muchas veces, y que al fin y al cabo nunca viene a saber de verdad quien es y para qué vino a este mundo.
Las grandes virtudes son los gradas que elevan el espíritu y al hombre mismo, y son las únicas que lo hacen humano, noble, feliz... y hasta divino. Y la gran nobleza humana es el gran deseo de querer ser una auténtica persona, para hacer el bien y al mismo tiempo con ello servirle a Dios, sirviendo a su prójimo. Y el divino Sócrates nos enseña hermosamente: “Que cada uno de tus actos, palabras y pensamientos sean los de un hombre que acaso en ese instante, haya de abandonar la vida.”
El gran comienzo del hombre es aprender a hacer una escalera de cristal, para que de cada desaliento haga un peldaño de ascenso y de cada vacilación un impulso más. Y D. Lambert nos ha enseñado: “Hay virtudes que se adquieren sólo en la adversidad; no sabemos lo que somos hasta que hemos paladeado la amargura de la desgracia.”
La virtud, esa disposición constante de obrar bien, tiene que ser por fuerza el acto más noble y sublime del hombre. La virtud debe ser el sendero de la vida, invariablemente. Y el inmortal Horacio nos recuerda: “El vicio nos atormentara` aún en medio de nuestros placeres; la virtud, empero, nos conforta aún en medio de nuestras aflicciones.”
Hagamos de las virtudes un sulblime ideal, una costumbre... y seremos siempre buenos, y por lo tanto felices, y lo que es mejor útiles a la sociedad. Y el escritor y diplomático Diego de Saavedra Fajardo, nos da poéticamente esta gema sobre la virtud : “Quien mira lo espinoso de un rosal, difícilmente se podrá persuadir a que entre tantas espinas haya de nacer lo suave y lo hermoso de una rosa. Gran fe es menester para regarla y esperar a que se vista de verde y brote aquella maravillosa pompa de hojas que tan delicado olor respira. Pero el sufrimiento y la esperanza llegan a ver logrado el trabajo, y se dan por bien empleadas las espinas que rindieron tal hermosura y fragancia. Áspero y espinoso son a nuestra na-turaleza los primeros ramos de la virtud; después se descubre la flor de la hermosura.”
Y por último San Francisco de Sales nos advierte: “Las virtudes empenachadas no son las que agradan más a Dios. Dios prefiere las pequeñas virtudes que crecen al pie de la cruz, porque están más regadas con la sangre de Jesucristo.” La virtud es la mejor compensación que uno puede hacerle a la vida, porque todo hombre bueno merece el cielo.
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