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Publicado Viernes, Septiembre 29, 2006
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Reflexiones para cada día
Tenemos que levantar el espíritu y el alma del mundo que viven sumidos en una infravida: en la violencia, en la injusticia social, en la inconsciencia humana y espiritual, en el egoísmo, en la avaricia y en el materialismo destructor de la vida y del hombre. Y parece, que a estas alturas de la civilización por estar alienados no nos damos cuenta que vivimos una vida equivocada, y que tenemos miedo de desencadenar el monstruo que nos absorbe y nos habita. Miedo de vivir momentos de escasez y de impotencia que nos han creado y que nos pondrán constantemente en graves problemas en una sociedad eminentemente materialista, cruel y despiadada que nos pueden privar de la felicidad, de comodidades, de bienestar por los placeres mundanos; cuando puede ser todo lo contrario, ya que nos han limitado la existencia a lo estrictamente material y superfluo.
Sí, tenemos que soltar las amarras de las enajenaciones materialistas, del egoísmo, de la avaricia, de la envidia, de la codicia... para adquirir la verdadera grandeza de nuestra infinita dimensión humana y espiritual, puesto que las cosas que antes nos parecían primordiales, se despedazarán hasta hacerse triviales o cenizas. En tanto, las tareas humanas y del espíritu en que ahora somos tan desidiosos e indolentes, se convertirán en la primera razón para Ser, lo que equivale a ser mejores y cumplir la noble y hermosa misión de amor en la vida: la fraternidad, la ternura, la bondad, la caridad cristiana... que nos permitirán hacer de una manera sabia el cambio de dimensión cuando nos llegue la hora, en medio de la dicha, de la satisfacción de los deberes cumplidos y de la gratitud humana, espiritual y cósmica.
Ahora, ya tendremos tiempo suficiente para vivir mejor, ayudando a otros a vivir; para visitar los amigos y familiares; para desempeñar una o varias labores sociales en la comunidad: visitar, consolar y auxiliar a los pobres y a los enfermos de la vecindad y de la localidad en general; cumplir cabalmente con el decálogo y las obras de misericordia; pero ante todo, debemos ser tolerantes, comprensivos, desprendidos, dar amor a cántaros llenos y ser solidarios y bondadosos lo que más se pueda; aparte de que es la forma más noble de ser generoso y espiritual, y poder hacer democracia y humanismo en pro de la convivencia pacífica altruista y encomiable que colme a todos.
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