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Publicado Viernes, Noviembre 12, 2004
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Reflexiones para cada día[/b]
Por Jaime Bedoya Martínez
jbedoya@nuevosiglonews.com
La educación que hemos recibido desde el hogar, el jardín infantil, la escuela, el colegio, la universidad y el mundo... parece ser que nos ha anquilosado o borrado la conciencia. La conciencia de hijo de familia, la conciencia ciudadana, la conciencia de compañero de escuela y de trabajo, la conciencia de cónyuge y hasta la conciencia de patria. Ya que la sabiduría nos enseña que el justo es imperturbable y el injusto está repleto de una mayor perturbación. Pero hoy parece todo lo contrario, porque los injustos son imperturbables en todo el mundo, con raras excepciones, y son aclamados y defendidos por los gobiernos, los legisladores, las sociedades y todos los medios de comunicación que están subordinados a ellos por intereses mezquinos más allá de la supervivencia.
Quienes aprenden a ser conscientes de los límites de la vida, saben cual fácil es obtener aquello que nos puedan hacer felices sin ser injustos, vacíos y necios por toda la vida. De manera que ha aprendido, que para nada necesita de cosas que traen consigo luchas y desasosiegos, por querer acaparar con egoísmo y crueldad lo que le hace falta inmediata a los demás prójimos que mueren a cada instante de sed, de hambre, de frío, de enfermedades y de falta de un techo en donde reclinar sus afugias y desesperanzas en un mundo tan frívolo y cruel.
De los bienes que la sabiduría ofrece para la felicidad son el amor, la concordia, la liberalidad y la solidaridad, ya que de cada una de ellas dependen las energías positivas del cosmos y el bienestar que el hombre sabio necesita para ser feliz y poder convivir con los demás prójimos.
Hemos aprendido que el mismo conocimiento que nos ha hecho tener confianza en nosotros mismos y que no existe nada sin solución y eterno, ni mucho menos muy duradero en donde nuestra inteligencia camine, nos hace ver que el bienestar se consigue con el entendimiento, el amor, la concordia, la liberalidad y la solidaridad que son los bienes más codiciados por el hombre sabio.
Sabemos también que a este mundo vinimos a ganar más vida... y no a desperdiciarla. La tranquilidad, el sosiego, el solaz de la nobleza humana, la honradez de obra y pensamiento, la justicia, el desprendimiento y la bondad practicada en abundancia, son la única manera de alcanzar una vida meritoria y hasta divina y la más alta y fidedigna felicidad, casi la supremacía del ser humano por excelencia.
Aunque la naturaleza del hombre es común a todos, lo que se estudie y se aprenda en sabiduría hace que algunos sean mejores personas y por ende mejores ciudadanos, y además, entes superiores, y no se apartan de los humildes e ignorantes, y antes por el contrario permanecen al lado de ellos para instruirlos. Y el que no se contenta con todo lo que le ofrece una vida racional, aspira a ser un falso millonario y una persona insegura y mediocre.
Hemos descuidado el crecimiento y desarrollo del hombre que todavía está en la parte más baja, por convertir la vida en puro negocio. Ya no se trabaja para vivir, sino para enriquecerse infinitamente descuidando enriquecer la vida que no ha alcanzado a desarrollar ni siquiera en un diez por ciento de su inteligencia ni de su mente, convirtiéndose en un analfabeto letrado de la vida. El proletario quiere ser burgués, y el burgués oligarca y el más millonario de cosas pero el más pobre en vida infinita, ya que no lo más mínimo su destino supremo.
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